Xoán Leiceaga Baltar

POESÍA

Canto a mi soledad [iv]

«Ese armonía, esa música, me atrapa en vos.»

Xoán A. Leiceaga

Musical cáliz, mi soledad, tus tañidos son obleas,
auditorio de latidos, de mis tímpanos la higiene:
consumas mi corazón y nos atamos de amor.
Insistente es la armonía de tus silencios mayores,
de tu batuta y sus notas, escarpias de nuestras cuerdas:
¡oh gozosas explosiones, ¡alerta!, ocultas en tu sigilo!
Escalamos por tu ritmo, bullimos en tu abundancia.

Esa voz, ese armonio sobrehumano, eterno vocero tuyo,
ese verbo delicado, inconfundible, completo y grave,
ese mar que me deslumbra, esa luz que me humedece,
salmo que me sobrecoge, mi soledad,
que nos arrastra al diluvio coral, el confín de la ternura.
Mística incitante de los delirios,
manantial de las cadencias y de los tonos,
exuberancia de diversidad y de matices,
rueda sin fin de corcheas que nos eleva:
¡rosario de acordes en plenitud!
Declamadora incansable, sola voz sabia
que no divaga, no desorienta, no pierde incienso,
gorjeos angelicales que nos desarman
armados con la elegancia que consolidan los siglos.

«Desde lo más profundo clamo a vos»,
digo al llamar iluminado a tu puerta;
y me respondes, y cada vez me sosiegas
con el eco improvisado de la coral BWV 1099,
cuna de adagios, gala vestida de tus gemidos más dulces
que eleva mi genuflexión al privilegio.

Voz cantarina, tuya fresca inspiración
«como fuente de agua dulce»,
torrente sabio que se eterniza en su fuga,
en la inmensidad humilde de la BWV 1119,
sutileza relajante, cuerda en vos que me enloquece,
feliz naufragio en el lago de la armonía;
aquel ayer deshabitado,
en el que hoy me desembocas, en el que se hunde mi sed;
y aquellos tenues compases, robustísimos,
gigantesca alquimia de la salud, cura de mi inmadurez,
guía nuestra hacia el seísmo de la inocencia.

¡Oh Bach de mi soledad, hondo hontanar de mi afán,
sutiles chorros que asuelan con la rancia sensatez!

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