Xoán Leiceaga Baltar

POESÍA

Vigilancia

«Los pajarillos y los pececillos, debemos estar atentos.»

Xoán A. Leiceaga

Aun podemos caminar: lo hacemos.
Sabemos que raras veces volamos, que faltan alas,
que ascender no lograremos, ni penetrar en la entraña,
si no lo hacemos con la voluntad al mando
y sin la abulia a caballo de la misión.
El tropiezo ya está escrito, y es imborrable
si creemos que son garras lo que el ojo ve cadenas;
sigamos tras las señales de los instintos,
jamás detrás del pasquín de los sentidos comunes;
Mantengámonos alerta:
pues hay agoreros festivos, pero ya no pitonisos de fiar.
¡Todo lo ordenan confuso, y el fondo esconden,
todo lo exhiben de balde, y el fruto son hojas mustias!
Hay fuerzas animalescas fuera de nuestro control,
viejos credos relevados por óxido inoxidable,
marrullerías a caballo de plebeyos,
mercadeo en los mercados del cieno:
invaden el aire con poluciones, y también ya el firmamento.
¡Nos lo encienden todo tan luminoso,
lo divulgan todo tan bien tapado!
¡Qué clara escupen sus flemas, qué fulgor viste su sombra!
¡Qué hinchazón de aporías provocadas,
acefalía a toda sencillez, creada por la imperial coctelera!
Desperdicios convertidos en pasto comida,
ocio insultante en conserva lanzándonos su desprecio,
nos plastifican los chorros desde fuentes insolventes.
¡Cuánto ya, desde que las novedades repiten!

¡Todo se oferta tan pulcro, por fuera,
criando así la rutina, no solamente en el cuerpo!
¡Todo se oferta de seda invisible,
criando así la rutina, no solamente en el juego!
Nos invaden con virutas de otra incultura:
frívolas voces que matan a nuestro arcaico selecto,
papanatas barnizados que diseñan los abusos,
prepotentes voluntarios con la corbata de esclavos,
especialistas en desinformar sobre los panes y peces
y sobre los beneficios de lo que ya hemos perdido.
¡Nos entregan superficies con la calma del hedor
y con la paz del veneno de otras serpientes!
¡Nos someten a una dieta sabrosa, de huesos,
y de paja con rastrojos, y salsa de humo!

Preguntémonos: por el amargo dulzor de aquel café,
por la producción trasera del sudor negro,
por las luchas infinitas que nos quedan por perder,
por el oprobio gigante que otros siglos pagarán.

Tal vez no estamos, del todo atentos, al humor negro,
bastante atentos a las señales de nieve,
simplemente atentos a la otra faz de la luna.
Y a las manchas en el sol seguro que no lo estamos:
no leemos lo remoto en sus pálpitos de luz
para otear el abismo sin practicar la oración.
¡No estamos alerta para entender! ¡Ni casi estamos!

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