Xoán Leiceaga Baltar

POESÍA

Impudor

Biología fatal, te asiento. Y con el susurro te escribo, cuando

el crepitar de la pasión se encoge, cuando regurgita una vez más
lo más humano, el odio al amor y su concurrente y presurosa
ternura; cuando

me rebullen los callos del fracaso y del otoño; cuando

brotan las flores de la sombra, y lo que ya dejó de ser nos visita con
el trillado maquillaje de la componenda.

La ternura, calabozo entonces y lábil postilla del entrañable desgarro,
también cálida oquedad de hogar y senda de andurriales,

realimentada con la modorra y el grasiento aire de su cáscara.

Ahí, en medio de esa cobardía, redobla el tambor de la noche y
retumba el eco de la impotencia con sus miedos, los que se tienen
no tanto al quebranto como a la fatiga, no tanto al homicidio
como a la inmovilidad del duelo;

ahí, en el foco de las certidumbres, se hospeda la prueba de que
aún existen las cavernas, de que son renovables, de que
terriblemente aún nos hechizarán;

ahí, en medio de tanta claridad, reside espanto que nos aísla del
sol y nos ahoga en el gozo de sus refinadas perturbaciones;

y, también ahí, en el fondo enmarañado de ese abismo, se almacena la
lluvia que riega las raíces insaciables del árbol de la pertinaz sed.

Carnívoro árbol al que eludimos con eufemismos, palabras sucias,
voces como promesa en vez de nada, como pausa en vez de
abdicación o como provisionalmente en lugar de huida.

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