Xoán Leiceaga Baltar

POESÍA

... y simplemente retozar

Ay caricias, pasteles de convento, monjitas mismas en sazón, sinfín
como los números naturales, y urgencia tan aguzada como la
armonía insensata y gloriosa de las fantasías.

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Caricias, doncellas en pos de la victoria contra la hambruna del alma,
escandaloso su destierro fariseo del basurero mercantil y del
burdel clerical, rebato permanente en el desierto de los continentes
interiores y, sobre todo, sobre todo meretrices como las gotas de
elixir impuro de ginseng.

Caricias, carpinteras con clavos de seda, creativas arquitectas de un febril
iglú portátil, autocalientes y autoventilantes, sin puertas ni fosos, sin
filos ni espinas, sin máscaras ni candilejas, sin banderas ni himnos.

Caricias, hormiguitas no gubernamentales, limpiadoras inagotables de cada
diamante en bruto que la gran ceguera y sus santificados espectáculos
de cartulina se esfuerzan en mancillar.

Caricias, intrépido alimento de la higiene, nutrición de los genes, reserva
de cepas con uvas irreverentes y de colmenas con mieles cismáticas,
sólo para los oriundos de la particular y selectivísima logia del color,
y para los locos que se atreven a descender de la cruz.

No hay agendas ni calendarios para las caricias y son tan eficientes que
nos estremecen, nos conducen a la rendición sin condiciones y nos
sumergen en el gran nirvana de la concentración y el silencio, ese
increíble silencio que chorrea de los cuartetos para cuerda estremecida
del gran Ludwig Van.

Ay, lunáticas caricias, compost tan penetrante y vivaz como los dedos de
la sexta locura. Al fin, especialistas en reventar la indigna corrección
de los corsés con que los dioses y sus insectos destrozan cada día
a nuestros cinco sentidos.

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