Xoán Leiceaga Baltar

POESÍA

Reflexión

Se me ocurrió abrir esta sección, a la que denomino REFLEXIÓN, pensando en disponer de un espacio libre orientado exclusivamente a «la Poesía y lo poético», y, en concreto, al menos en su comienzo, a su sentido, a la valoración de su calidad y a una pizarra de ideas brillantes (ajenas, claro, aquí no hay).

Explico esa mi opinión y mis convicciones: a) con «al menos en su comienzo» quiero indicar que el propio caminar de la sección puede o debe sugerir o necesitar de nuevos rumbos; b) con el «sentido de la poesía» pretendo indicar que la poesía, con el arte en general y la música muy en particular y tan relacionadas, forma parte esencial de la gran oportunidad de encontrar un sentido al sinsentido del mundo; c) con «la valoración de su calidad» sugiero la conveniencia de una aproximación, aunque sea sólo orientativa, a la calidad, a eso tan vaporoso que conduce a reconocer, por ejemplo en el poeta AG, un nivel de excelencia mayor que a otros. Es que la poesía es tan escurridiza, tenue y lábil, que comprendo que necesito ser amparado por otras sensibilidades y otros conocimientos para aprender mejor, opinión que extiendo a vosotros (o nosotros) los lectores, entre otras razones porque yo mismo, esencialmente, soy lector.

Se me ocurre que, implícitamente, esta oferta se orienta no tanto al profesional, sea escritor o crítico, porque usualmente ya dispone de recursos propios o ajenos —pero al que tampoco se excluye: ¿rigideces, para qué?—, como al que se inicia en este desprovisto terreno o ya padece el vicio; es decir, se dirige de forma bien especial a quien lee, porque creo que lectora y lector son la parte importante del habitat poético, porque sin ellos la poesía sería robinsona y absurdo islote de único habitante. ¿O no?

Me guía la prudencia para empezar, aunque sea un contrasentido poético, pero sobre todo por aquello de que uno debe ir poco a poco para llegar lejos y por aquello otro de que es preferible ir añadiendo que ir eliminando. Por eso he comenzado en su día por colocar una serie de propuestas sobre el concepto de poesía o sensibilidad poética, alguna de mi propia cosecha pero la mayoría procedentes de reconocidas firmas, y animando a aquellos improbables lectores de la página a que me envíen sus propuestas o comentarios o sugerencias, a las que siempre trataré de dar respuesta (considerando la paciencia a la que mis limitados propios recursos obligan).

Un mes más tarde, pero siempre teniendo en cuenta que el único ambiente que cabe en esta página web es el poético, he ampliado la reflexión a otros aspectos e iniciado un serie alfabética —que comienza por la A— de reflexiones breves de poetas reconocidos sobre el hecho de escribir, o poemas breves o trozos, o bien máximas, aforismos, sentencias, proverbios, ideas,… En fin, algo así como encender las luces de la poesía.

Reflexión 1

Abecedario de escritores – Letra J

  1. Jabès, Edmond (El Cairo, Egipto 1912, Paris 1991)
    (Poeta / ‘Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato’): Mirad, no tengo rostro, lo que exhibo es la cara del instante.
  2. Jabès, Edmond
    (Id.): Mis libros devienen ilegibles si se busca en ellos una certeza.
  3. Jabès, Edmond
    (Id.): No se nace extranjero. Se hace, a medida que uno se va afirmando.
  4. Jacob, François (Nancy, Francia, 1920)
    (Biólogo, Premio Nobel): La diversidad cultural ha tenido en el desarrollo de la humanidad un papel aún más importante que la diversidad genética.
  5. Jaeggy, Fleur (Zúrich, Suiza, 1940)
    (Escritora «del frío» / 'Los hermosos años del castigo'): Una cierta glacialidad también revela sentimientos... Fuera, en el patio, la nieve caía en copos grandes y húmedos.
  6. James, Henry (Nueva York, EEUU, 1843-1916)
    (Escritor): Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo que podemos y damos lo que poseemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea. El resto es la locura del arte.
  7. Janés, Clara (Barcelona, 1940)
    (Poeta): Y todo en derredor se desvanece / menos ese anhelo que queda en el aire / y en mi pecho.
  8. Jaramillo Agudelo, Darío (Antioquia, Colombia, 1947)
    (Escritor, poeta): El ego no existe en soledad; en la soledad de la escritura el escritor sufre, se atormenta, cree que aquello que escribe no sirve para nada. Cuando estás solo no, ¿para qué necesitas el ego?. Lo necesitas cuando sales a la calle, a ver qué les pareció esto que he hecho. Sales y tiemblas, ahí es cuando el ego se convierte en frío.
  9. Jaramillo Agudelo, Darío
    (‘Historias’): No olvides el día que descubriste / que la felicidad es tan frágil / que la puede romper una palabra.
  10. Jatsópulos, Zanasis (Aliveri, Eubea, Gracia, 1961)
    (Escritor): Esa caracola que necesita vaciarse, para que en sus desoladas entrañas se escuche la canción del fuego y del viento, el murmullo del mar sobre las olas.

REFLEXIÓN 2

MÚSICA y SONIDO según LACHENMANN

Helmut Lachenmann

Entrevista de Jesús Ruiz Montilla
Parte I de II

Comentarios de Xoán A. Leiceaga Baltar

En la edición de 9 de octubre de 2010 de Babelia —suplemento sabatino del diario El País— en su sección ‘MÚSICA / Entrevista’, se publica la que hizo el periodista y crítico Jesús Ruiz Montilla al músico Helmut Lachenmann (Stuttgart, 1935), justo antes de un concierto en el Auditorio Nacional (España) el el cual se interpreta su obra Ausklang. El caso es que la entrevista me ha parecido de sobra interesante como para incluirla en el apartado Reflexión de mi página web; y, como viene siendo habitual en mí, no he resistido la tentación de incluir unos cuantos comentarios, pensados más como pretexto para llenar mi página que como singular aportación. La entrevista tenía demasiados elementos de interés como para dejar pasar la oportunidad: las opiniones del músico sobre la evolución de la música, su prestigio internacional, la consistencia de las preguntas y respuestas y, en especial, la posibilidad de trasladar el contenido al entorno de la poesía.

JRM-1: Aunque nadie atine a discernir cuánto nos marcan ciertos traumas y algunas experiencias, la II Guerra Mundial no fue un tiempo feliz en la vida de Helmut Lachenmann (Stuttgart, 1935). Aquella percepción del caos marcó después su música, una de las más fascinantes de la era contemporánea. Él era un niño, pero suficientemente sensible como para saber que todo aquello chirriaba. “No sé si me marcó tanto, debería preguntárselo a mi psiquiatra”, comenta Lachenmann. Algunos de aquellos ecos sonarán hoy en el Auditorio Nacional en un concierto dedicado al músico. Su obra Ausklang, junto con Flamenco espectral. Arde el alba, de Mauricio Sotelo, conmemoran 15 años de un ciclo arriesgado y milagroso: (musicadhoy).

XL-1: No lo creo, sinceramente, pues sí que hay quien atina en discernir cuánto nos marcan ciertas experiencias, precisamente las que nos traumatizan; aunque permanezcan en el fondo de nosotros mismos, aunque no nos demos cuenta, pero ahí están, ahí siguen sobre todo las que nos marcaron en la niñez. Son pocos pero muchos los que atinan, y no sólo psiquiatras, aunque también son pocos los que hacen caso; creo, eso sí, que son señas que, con cierta precisión, a la vez conocemos y no conocemos. Y, sin embargo, ahí están y estarán siempre como recuerdos inolvidables, como marcas de fuego en la mente y en las reverberaciones de la vida. Recuerdo que de pronto en mi niñez alguien me dijo, no, tú mejor que no cantes; algo más tarde, unos años, alguien me dijo, no, la verdad es que no lo haces tan mal, y fue cuando supe de mi impotencia incurable frente a la música. Y eso creo que no llegó a ser un trauma, pero si el despertar de una parte de mi consciencia, y aprendí que no todos valemos para todo y que la voluntad tiene su muro. En cuanto a Helmut Lachenmann [a veces escribiré sólo HL] es músico, ya era músico cuando era niño, la sensibilidad está a la intemperie, por eso sobra pues decir que no, que más allá de las respuestas irónicas la II Guerra no fue una época feliz en su vida. Los chirridos presentes en su música también nos lo confirman.

JRM-2: El mundo sonoro del niño Lachenmann bailaba entre los vértices de un triángulo: la Iglesia presbiteriana de la que era predicador su padre, los llantos de su madre al enterarse de que su hermano mayor había fallecido cuando era miembro de la Legión Cóndor y los discursos nazis de supremacía. Entre aquel ambiente siempre he tratado de amar a mí país y todavía lo amo. Pero no sé hasta qué punto si todos aquellos años han marcado mi música o mi forma de cocinar, comenta.

XL-2: La II Guerra Mundial para Alemania y la Guerra Incivil para España, en el sinfín de guerras entre un sinfín de países, marcan y mucho, le guste a uno o no le guste. HL andaba sobre los siete años cuando la suya comenzó y otros hemos tenido la fortuna de no haber vivido en la niñez, directamente en carne propia, ninguna guerra armada; pero muchos hemos vivido la guerra posterior a la guerra armada, la de la miseria, la de la mediocridad y la intolerancia (disculpen la redundancia, que la intolerancia no es sino mediocridad y por tanto miseria oculta). Y, a la vez, todos estamos conviviendo continuamente con guerras, armadas todas, con armas o no pero todas con la mentira, en las plenas democracias dudosas de las verdades apuñaladas. Esta puñal clavó Ramin Jahanbegloo (Irán) a la gran falacia actual, en su 'Elogio de la diversidad': "Un país no tiene que ser considerado apto para la democracia, tiene que volverse apto mediante la democracia"; ¡qué pena que las cosas no vayan por ahí, sino en sentido opuesto, qué pena que la teoría (la de las palabras) casi nunca sea coincidente con la práctica (la de los hechos, descarados u ocultos)! Pero sigo. No soy capaz de adaptarme a que tanta irracionalidad, que de forma consciente o latente nos acompaña como un pegamento, nos marque e inscriba las huellas en nuestra sangre y en nuestra obra, sea humilde o gigante. ¿Quién no ha tratado de amar a su país y quién, al cabo, no se ha sentido defraudado por la parte de fanatismo que encierran su bandera y sus aduanas? ¿Quién no ha comprendido que amar a su país nos conduce a amar al país del otro? ¿O acaso la música, y la poesía, se componen para personas concretas o sólo para el país o la lengua de cada uno? Triste es el arte que hace eso, triste y panfletario. ¿Quién no ha sentido la dentera en los ecos no buscados de su obra? Yo mismo, en mi modesta pero terca insistencia en cocinar, intento recrear mi música interior con ayuda de la palabra —única perdición, que si acaso de veras lamento—, y en mis propias relecturas tropiezo continuamente con esas incisivas sombras no pretendidas; quizá es porque entiendo a la poesía como «el canto a cappella». El poema, a pesar de su tendencia imparable a la abstracción, no disfruta de la enorme abstracción pura de la obra musical, más condicionada como está por una lengua concreta y la conciencia de lo nada fácil que es traducir —duda perenne entre lo muy difícil y lo inalcanzable— precisamente por los entornos diversos de significado de las palabras y la ambigüedad de las expresiones en cada lengua. Por eso a la música, como a las demás artes independientes de la palabra, se le dice universal; y por eso de la poesía no se dice, aunque su esencia, desprovista de sus adornos, también busque la universalidad y en los mejores casos lo consiga, y el alimento del poeta no deje de ser la misma sustancia que alimenta a los demás artistas.

JRM-3: Él cree más conscientes y más directas otras influencias vitales: “La guerra de Vietnam, la indiferencia de la Alemania de posguerra hacia la crueldad, los genocidios en África o, ahora, las consecuencias del 11 de septiembre.... Por no hablar del cabreo que le causa la suerte de aquellos que se salvaron de la quema. “Muchos nazis nunca fueron castigados como deberían haberlo sido. Algunos se reconvirtieron en políticos liberales, ministros, mandatarios, jueces y parlamentarios bien pagados. Aunque por otra parte pienso que esto se da en otros lugares.

XL-3: La guerra hace estragos en el corazón de la verdad y en el nuestro, los hace antes, durante y más aún después —ese terrible después, el después de los cínicos y los perros desvergonzados, como asimismo denuncia Lachenmann— a lo largo de muchos años; y así, una guerra tras otra, insoportable cada una e implacables todas. Las que padecimos nos asesinan, las que vimos nos traumatizan y las que interminablemente escuchamos a lo lejos nos fatigan hasta la terrible indiferencia. ¿Cuál es papel de la música, cuál el de la poesía? Ambas se componen durante el festín y durante el vómito de imposible recuperación en los breves entreactos. ¿Cuál es el papel y cuál la necesidad? ¿Arden las pérdidas —Antonio Gamoneda dixit— o crepita la angustia? La TV y demás medios nos acosan con las mentiras del poder, pero aún así, si uno se propone rechazar la ceguera, se dejan ver las evidencias: la ignominia del abuso de los dogos sobre los gozques (Vietnam, Guatemala, Palestina, Irak,…) y los fratricidios (España, Ruanda, los Balcanes, el Sahara,…). Pero, con todo, una y otra vez se alumbran nuevas partituras y nuevos poemas, muchos de ellos aullidos y otros dulces, todos de rabia desde la impotencia. Tal vez se pueda entender si imaginamos la condición humana como inhumana, como una cuerda, tirante polar, que va desde la ambición (con su crueldad inimaginable) hasta el desprecio activo del arte al poder desde el afán creativo del desinterés y la belleza). No sé y uno se pregunta ¿para qué?, aunque mientras sigue el ánimo para seguir y no el ánimo para evitarlo. Acaso sea porque la música es la música, el gran ejemplo de universalidad, y, además, la utopía primordial de la poesía.

JRM-4: En cuanto a la música como elemento de propaganda en aquellos tiempos negros, ¿quién puede culpar al arte de impulsar ciertas atrocidades? No creo en la música ideologizada. Pero sí pienso que es un elemento que puede ser utilizado como un medio que nuble la capacidad de pensar y haga aflorar emociones desconocidas.

XL-4: Esto se puede contemplar como otra cuerda tirante, la que va desde la resignación del colaborador (con la sucia costra del panfleto incorporada) hasta la rebeldía del artista (con la pureza de la honestidad y del dolor). Al igual que HL, yo tampoco creo en la poesía ideologizada, es decir, comprada y vendida, al servicio consciente o inconsciente de algún tipo de poder, sea político o religioso o económico: haberla hayla, como las meigas en mi tierra, pero su destino inexorable es el cubo de la basura. Música o poesía que se apoye en la ficción simplista del romanticismo sensiblero o en el cinismo de los terrores impuestos y tragados, son sonata o poema fast food enviados a la lucha contra el rigor de la honestidad y a favor del enaltecimiento de las peligrosas emociones primarias. Me viene ahora a la cabeza una carta que dirigió el escritor Saul Bellow (Quebec, 1915) el 20 de febrero de 1984 desde Chicago a Mario Vargas Llosa (ahora reciente Premio Nobel de Literatura) y que, aun a costa de ser pesado, me atrevo a transcribir por sentirla a caballo entre el párrafo actual de la entrevista y el siguiente y no requerir de más comentarios:

“Estimado señor Vargas Llosa:

Me dirijo a usted a fin de invitarle a un encuentro organizado por mí que tendrá lugar en Vermont del 20 al 25 de agosto bajo los auspicios del Olin Center. Los participantes, además de usted, serían Alexander Sinyavsky, Leszek Kolakovski, Heinrich Boll, V. S. Naipaul, A. K. Ramanujan, Ruth Prawer Jhabvala, Federico Fellini, Werner Dannhauser, Allan Bloom y yo. Mi intención es reunir a un pequeño grupo de escritores a fin de que discutan la peculiar situación porque atraviesa el mundo hoy, compartiendo la sabiduría e inspiración que podamos tener. La política de este siglo tiende a aplastar la imaginación, a ponernos unos anteojos y unas condiciones que hacen que el arte parezca irrelevante. Y sin embargo, desde muchas perspectivas, está claro que nuestra frágil misión es una de las pocas esperanzas que le quedan a la humanidad, si es que conseguimos evitar su extinción. No es que tenga grandes esperanzas de que un encuentro como el que propongo sirva para cambiar mucho las cosas, pero al menos podríamos darnos ánimos unos a otros y reflexionar juntos. El encuentro no se plantea como una protesta más contra la censura ni como otra queja ante la falta de sensibilidad burguesa hacia el arte. Tampoco se trata de cantar las alabanzas del arte y quienes lo practican, sino más bien de dar la más amplia consideración posible al hecho de que tanto física como espiritualmente los artistas dependen de la política, pese a estar por encima de ella. La falta de claridad ante la perenne tensión entre el arte y la política puede guardar cierta relación con el exceso de fe de los escritores y la excesiva visibilidad de que gozan en los regímenes contemporáneos. Las grandes expectativas que despertó la cultura en el siglo XIX hicieron posibles los ministerios de cultura de los gobiernos fascistas y comunistas del siglo XX.

JRM-5: Una bomba en manos incendiarias. Es algo de lo que los creadores debemos ser conscientes: que la música puede ser manipulada por los totalitarismos, fascistas y comunistas, pero también por orientación comercial en la sociedad capitalista. Más cuando él se ha definido en tiempos como un utópico. Como cuando acudió junto a otros espíritus revolucionarios a Darmstadt en los años cincuenta a ponerlo todo patas arriba, a dar un paso más hacia el abismo o la salvación, pero un paso más allá, al fin y al cabo, de lo que hicieron Schoenberg y compañía con la Escuela de Viena: Pretendíamos liberarnos de un esquema trasnochado y antiguo. El del sinfonismo. De allí surgió el serialismo que defendía Pierre Boulez y las propuestas de Luigi Nono y Karlheinz Stockhausen. Pero también la anarquía de John Cage, Ligeti y Kagel tratando de seducir a nuevos públicos con propuestas menos violentas o precursoras del minimalismo que triunfó después en los setenta. Era una especie de Hyde Park abierto a todas las posibilidades que no solo terminó en el serialismo. Fue una provocación irrepetible que abrió caminos todavía por explorar.

XL-5: El caso es que para el común de los mortales, empezando por mí, no es precisamente sencillo distinguir el trigo de la paja en demasiados terrenos. Hace muy poco le dieron el Premio Nobel de la Paz a B. Obama antes de que haber tenido tiempo de hacer algo para merecerlo; en 1973 se lo dieron a H. Kissinger después de hacer un buen montón de cosas para no merecerlo, sin que se recuerden, yo al menos, especiales sonrojos en los miembros del jurado, y premio al que siguió deshonrando después —mejor no poner más ejemplos—. ¿A partir de ese botón, ¿qué podemos pensar de los demás Premios Nobel, incluidos claro los de Literatura, y mucho más de la multitud de premios de todo tipo —usualmente con su ornamento comercial— que le siguen en resonancia mundial? Sólo el conocimiento y la experiencia derivada, esa epidemia escasísima, puede ayudar a distinguir el trigo de la paja, mientras el sistema hace todo lo que puede, que es mucho, a favor de las sucesivas e imparables ceremonias de la confusión. Claro que hubo y hay artistas, o ex artistas, prostituidos por las dictaduras o por la presencia brutal de los mercados que ya nos dominan; y claro que incluso quedan locos honestos entre los artistas, como quedan misioneros, jueces y alguna que otra rareza (?) política. El problema se plantea no solamente en la cuestión de trigo o paja, sino entre las dosis de prostitución y la calidad de la producción; me cuesta reprimirme pero estoy dispuesto a hacerlo hablando del pecado pero no del pecador, pues entre los escritores considerados consolidados, entreveo un buen número que a veces come lentejas o mira para otro lado y entre los de segunda división mucha sangre vertida. Menos mal que también hay algunos, tal vez pocos en términos relativos pero que son bastantes contados uno a uno, en los cuales la calidad va de la mano de la honestidad; ni siquiera la vida de uno, sin hacer otra cosa que leer, bastaría para abarcarlos, lo cual me permite concluir que, al menos para mí, no habrá problemas de insaciabilidad lectora. Tal vez los músicos, por su alto nivel de abstracción, se sientan menos coaccionados por los corruptores y clientes del burdel, o eso pensaba yo antes de leer la acusación de Lanchemann. Seguramente se me había olvidado la parafernalia de gestos que pulula alrededor de la música (dedicatorias, discursos, celebraciones, aplausos, genuflexiones, conciertos con banderitas y, sobre todo, también contrataciones). Aun ante ese panorama, ¿será verdad o sólo parece que, por falta de tentación, los poetas (con su irrelevancia encima) y los músicos (como cultos abstractos) se salvan más de la quema?

JRM-6: De todo aquel abanico de vanguardias, Lachenmann emergió como uno de los líderes de lo que se ha llamado Musique concrete instrumental. Algo muy pegado a la cotidianidad, a los sonidos de cada día. Algo que fascinó a grupos de música pop y rock sinfónico, de The Beatles a Pink Floyd. “Partíamos de lo que hace 80 años quiso hacer el compositor francés Pierre Schaeffer. Fue él quien quiso incorporar los sonidos más sencillos de la vida a la música, desde la caída de una tapa a un martillo”.

XL-6: Todo evoluciona imparablemente y no todo es perversión pero todo es incomprensión cuando se decide evolucionar, y no estoy yo precisamente en condiciones de lanzar la primera piedra. La música también evoluciona, aunque cueste trabajo asumir los cambios; en la Edad Media hubieran arrastrado a la hoguera a los músicos de la generación de Lachenmann, en el siglo XVIII los hubieran internado en el manicomio, en el XIX se les hubiera despreciado y en el XX todavía no consiguen superar a su propia historia. ¿Por qué no ha sucedido eso con los pintores y escultores, por qué tampoco con los arquitectos? ¿Por qué la atención a éstos es tan opuesta? ¿yerran los músicos, yerra el público o yerro yo? ¿Por qué incluso los poetas (¡!) actuales son mejor recibidos que sus colegas músicos? ¡Es acaso asunto del público, más selecto en unos casos que en otros? Debo reflexionar sobre un posible paralelismo, o no, de los caminos de la poesía y de la música, y su actualidad, con la osadía de no estar capacitado para ello y saberlo, consciente pues de mi escaso conocimiento de ambas en sentido horizontal, pues los músicos que asumo como mis maestros musicales son grandes pero escasos y lo mismo me sucede con los maestros poetas; y en el vertical pues mi estudios en ambos casos son todavía más escasos. Opuesto es mi atrevimiento, nada escaso, y saltarinas mis contradicciones. Así que disimularé, pero sin ánimo de lucro.

La poesía, mientras el lenguaje metafórico y la palabra precisa se mantienen como su tierra firme, desde la plena inmersión en y la dependencia de la métrica y la rima, que suenan ya como antiguos, ha evolucionado hasta la libertad actual (¡fuera dogmas y corsés!) y sus consecuencias: ahora los únicos señores son el ritmo y la honestidad profesional del poeta; en lo que a mí respecta, me limito a indicar que se trata de un recorrido inevitable hacia la esencia y su pureza. Decía el crítico Ángel L. Prieto de Paula sobre los poetas españoles de los 50: "... los poetas urbanos reivindican a Biedma o González; los visionarios a Gamoneda; los metafísicos y minimalistas a Valente”. La poesía se puede permitir el lujo de las corrientes, no adversarias, eso sí, precisamente por su intemperie de clientes (recuerdo el triste dato ese que pulula: apenas el 2% de lectores, no de ciudadanos, leen poesía). ¿Podría ser el motivo de que en la música continúe el empecinado divorcio entre la crítica y una parte importante del público, fiel devoto de Bach y su legión de barrocos y románticos, cuestión de los volúmenes de público? Los auditorios de música culta (llamémosle así, para entendernos, en absoluto para categorizar y menos despreciar la porción honesta de lo popular) suelen estar llenos, o abarrotados, de un público que sigue siendo devoto (aunque, claro está y como todo en la vida y sobre todo en el mercado, no es oro todo lo que reluce: ¡más bien diría que está carísimo el oro!), mientras que los auditorios de poesía más que no estar llenos diría simplemente que no están.

¿O podrían aclarar lo del divorcio musical las dos ideas que subyacen en la explicación de JRM (venga o no del propio HL o de ambos)? Una, la huida de la música desde su carácter de pura abstracción hacia lo concreto; y otra, el acercamiento entre la música popular y la culta, sobre todo a partir de la mitad del siglo pasado. La cercana lejanía a la que me atrevo a ir, es solo la de dejar constancia del porqué de mi propia imposibilidad de introducción y mantenimiento placentero en la música culta moderna; lo puede explicar la primera idea, pues si algo me conmovió siempre en la música es la sublime serenidad a la que conduce lo abstracto, esa sensación de descanso irresistible, de alejamiento de las miserias del mundo real, la puridad de esa belleza a veces insuperable. En cuanto a la segunda, debo reconocer —sin enorgullecerme de ello y bien lejos de cualquier consideración elitista— que ni siquiera en mi adolescencia y primera juventud, el fenómeno de The Beatles y la posterior amplitud de rockeros y derivados, me produjeron el más mínimo impacto; por algún motivo, desconocido para mí, sigo siendo fiel al desfile de antiguos y, aunque menos, también a algunos del XIX. (Tal vez sea curioso observar, como para mí mismo lo es, que esta desavenencia de la música actual —nunca animadversión— no me ocurre (¿no ocurre?) respecto de las demás artes. Parece como si, mientras las artes en general caminan con bastante descaro hacia la abstracción, la música, arte abstracto por excelencia, caminara hacia la concreción.)

A propósito, leyendo un día el libro Arte y Filosofía de Estanislao Zuleta (Medellín, Colombia, 1935-1990), me llamó la atención y tomé nota de esta aseveración acerca del arte musical: “El sonido también es un valor y, desde siempre, en general asumido como abstracción. Otra cosa son los cuentos de algunos críticos que se empeñan en hablar de las tormentas o del encuentro amoroso”. Esa idea me hizo a mi redactar la siguiente apostilla que me deja con las posaderas al aire: ¿Vendrá de ahí mi no nulo pero sí no especialmente elevado interés por la ópera y el, todavía menor, por las letras de arias, cantatas y similares? Lo cierto es que yo, amante incondicional de Bach, no sé lo que sucedería si las letras de sus obras me impidieran, al entenderlas, concentrarme en la abstracción. En ello no pude, y no puedo, dejar de ver mi propia contradicción en el rechazo de la colaboración entre dos cosas que me apasionan, la palabra y el sonido; o, dicho de otra manera, entre el sonido desprovisto de significado y la palabra descriptiva. ¡Qué alguien me lo explique, por favor! El mismo Zuleta insiste en la abstracción: El arte abstracto no usa la representación para el significado, lo busca de otra manera. Ciertas artes han sido y son en sí mismos abstractos (arquitectura, música y, en gran medida, danza); en el resto existe, también desde siempre, eso como tentación o tendencia. Habría que ver dónde sitúa a la poesía.

Y, solo para mi caso particular, me imagino que algo indica eso de mi falta de formación musical y de oído fino, lo que no deja de preocuparme, porque inevitablemente (intuyo con baja incertidumbre) influyen en la escasa musicalidad de mis poemas (y lamento). Desde el primer momento me llamó la atención este texto de Marguerite Yourcenar (Bruselas, Bélgica, 1903-1987): La tarea del escritor es un arte, o mejor una artesanía, a la tercera o a la cuarta revisión, armada con un lápiz, releo mi texto, ya más o menos limpio, y suprimo todo aquello que me parece inútil. Y ahí es donde triunfo". Lo asumo porque también es mi caso y, probablemente, la explicación de que mis escasísimas aptitudes musicales sean la causa de tantas vueltas y revueltas y de que, ni así, jamás termine del todo satisfecho con uno solo de mis versos o poemas.

(Fin de parte I)

Xoán A. Leiceaga Baltar, Febrero de 2011