Xoán Leiceaga Baltar

POESÍA

Reflexión

Se me ocurrió abrir esta sección, a la que denomino REFLEXIÓN, pensando en disponer de un espacio libre orientado primordialmente a «la Poesía y lo poético», y, en concreto, al menos en su comienzo, a su sentido, a la valoración de su calidad y a una pizarra de ideas brillantes (ajenas, claro, aquí no hay).

Explico esa mi opinión y mis convicciones: a) con «al menos en su comienzo» quiero indicar que el propio caminar de la sección puede o debe sugerir o necesitar de nuevos rumbos; b) con el «sentido de la poesía» pretendo indicar que la poesía, con el arte en general y la música muy en particular y que encuentro tan relacionadas, forma parte esencial de la gran oportunidad de encontrar algún sentido al sinsentido del mundo; c) con «la valoración de su calidad» sugiero la conveniencia de una aproximación, aunque sea sólo orientativa, a la calidad, a eso tan vaporoso que conduce a reconocer, por ejemplo en el poeta Gamoneda, el nivel de excelencia. Es que la poesía es tan escurridiza, tenue y lábil, que comprendo que necesito ser amparado por otras sensibilidades y otros conocimientos para aprender mejor, opinión que extiendo a vosotros (o nosotros) los lectores, entre otras razones porque yo mismo, esencialmente, soy embriagado lector.

Se me ocurre que, implícitamente, esta oferta se orienta no tanto al profesional, sea escritor o crítico, porque usualmente ya dispone de recursos propios o ajenos —pero al que tampoco se excluye: ¿rigideces, para qué?—, como al que se inicia en este desprovisto terreno o ya padece el vicio; es decir, se dirige de forma bien especial a quien lee, porque creo que lectora y lector son la parte importante del habitat poético, pues sin ellos la poesía sería robinsona y absurdo islote de único habitante. ¿O no?

Me guía la prudencia para empezar, aunque sea un contrasentido poético, pero sobre todo por aquello de que uno debe ir poco a poco para llegar lejos y por aquello otro de que es preferible ir añadiendo que ir eliminando. Por eso he comenzado en su día por colocar una serie de propuestas sobre el concepto de poesía o sensibilidad poética, alguna de mi propia cosecha pero la mayoría procedentes de reconocidas firmas, y animando a los improbables o a los recalcitrantes lectores de la página a que me envíen sus propuestas, comentarios o sugerencias, a las que siempre trataré de dar respuesta (considerando la paciencia a la que mis limitados propios recursos obligan).

Sólo un mes después de poner a andar el sitio web, pero siempre teniendo en cuenta que el único ambiente que cabe en esta página web es el poético, he ampliado la reflexión a otros aspectos e iniciado una serie alfabética —que comienza, claro, por la A— de reflexiones breves de poetas reconocidos, sobre el hecho de escribir, o poemas breves o trozos, o bien máximas, aforismos, sentencias, roverbios, ideas,… En fin, algo así darle a la llave de encender las luces de lo poético.

Reflexión 1

Abecedario de escritores – Letra R

  1. Rábago García, Andrés [El Roto] (Madrid, España, 1947)
    Humorista): El inconveniente de esta edad de oro de la comunicación y la información es que no hay medios para saber lo que realmente sucede.
  2. Rahimi, Atiq (Kabul, Afganistan, 1962)
    (Escritor / 'La piedra de la paciencia', 2009): El sol se pone. Las armas despiertan. Esta noche, de nuevo, se destruye. Esta noche, de nuevo se mata. La mañana. Llueve. Llueve sobre la ciudad y sus ruinas. Llueve sobre los cuerpos y sus heridas.
  3. Ramanujan, Attipat K. (Mysore, India, 1929-1993)
    (Poeta): Oh, Señor del sexto sentido, devuélvenos nuestros cinco sentidos.
  4. Ramoneda, Josep (Cervera, Lleida, 1949)
    (Politólogo): Construyamos moradas en vez de buscar raíces. Las raíces son exclusivas y excluyentes. La morada es el reconocimiento de que nunca habitamos un lugar que no haya sido nunca habitado por otros.
  5. Rasim, Ahmet (Estambul, Turquía, 1855-1922)
    (Poeta): La belleza del paisaje está en su amargura.
  6. Regás, Rosa (Barcelona, Caraluña, 1933)
    (Escritora): La mayoría de las mujeres que pusieron su coraje y su vida al servicio del mejoramiento de la situación de sus congéneres, acaban siendo olivdadas y ocultadas, tal vez para que en la conciencia de la sociedad no aparezca más que el modelo de joven, esposa y madre que el poder ha querido configurar.
  7. Renard, Jules (Chalôns, Francia, 1864-1910)
    (Escritor): 1) Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan. 2) Cuando me dicen que tengo talento, no hace falta que lo repitan: lo entiendo a la primera.
  8. Restrepo, Laura (Bogotá, 1950)
    (Escritora): Las delicias para Humbert —Lolita— y para el viejo Eguchi —La casa de las bellas durmientres— están en el sueño, mientras que el despertar marca el inicio de su pesadilla. Porque ante la niña dormida no hay culpa, vergüenza, ni miedo, y en cambio la niña despierta es testigo insoportable del oprobio... Al final muere Humbert, muere Lolita, muere la muchacha morena del libro de Kawabata. Todo acaba en muerte en este ritual lujurioso y prohibido, que transgrede las leyes humanas y las pautas del tiempo al parecer con un propósito último, que sería precisamente el de derrotar a la muerte.
  9. Reynoso, Oswaldo (Arequipa, Perú, 1931)
    (Poeta): 1) Yo tenía dieciséis años... / en el corazón, pero no tenía / ni un solo lugar dónde colocar / el sentimiento de mi inocencia. 2) Me gusta el olor de mi cuerpo el olor de las muchachitas de mi barrio me arrecha sobre todo en verano tienen olor a pescado a fierro en invierno no se lavan y apestan rico las manos de Gilda.
  10. Ribeyro, Julio Ramón (Lima, Perú, 1929-1994)
    (Escritor): Hoy me siento incapaz de todo. Una pereza moral irresistible. Sólo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea. Conforme me aleje irán cayendo mis vestiduras, mis etiquetas y quedaré limpio, desnudo, para empezar a ser distinto, como yo quisiera ser.

REFLEXIÓN 2

DESCRIPCIÓN de la MENTIRA

Antonio Gamoneda

El ÓXIDO se posó en mi lengua como el sabor
de una desaparición.

Antonio Gamoneda (Oviedo, España, 1931)

Reflexión sobre el libro
"Descripción de la mentira"
(1975-76 y 2003)

Xoán A. Leiceaga Baltar

Para esta reflexión, sólo en parte mía, parto de varias peanas, dos de ellas primordiales, pues me apoyo en primer lugar en el libro reunido ESTA LUZ de A. Gamoneda, publicado por Galaxia Gutenberg (Círculo de Lectores, Barcelona 2004) y, por otro, en enorme medida, en el magnífico Epílogo escrito por el académico y especialista Miguel Casado para toda la obra ya publicada entonces del autor y que recoge precisamente en Esta luz. La tercera, menos importante, deriva de mis propias lecturas de la recopilación desde que en 2006 tuve la fortuna de adquirirlo. Naturalmente, el resultado de las lecturas (así, en plural y reposadas) fue la inevitable lista de notas que me suelen acompañar cuando un texto subleva los cabellos que ya no tengo y cuyo producto es, en la parte que me toca, la propia reflexión acompañada por el agradecimiento a tanta belleza disfrutada. Hago votos porque la admiración que suscita en mí el nombre del autor no afecte exageradamente a lo que yo pueda paso a paso expresar. Mi intención, que es doble, está en las antípodas de lo comercial y va más allá de rellenar mi sitio web con poesía del más alto nivel (¿lo hay más alto?), pues me contentaría simplemente con ayudar a extender el conocimiento de este poeta excepcional a un planeta mayor que el de aquellos que habitualmente ya lo releemos, tanto geográfica como socialmente. Y con todo ello viaja, naturalmente, mi admiración y el modesto homenaje.

En cualquier caso, debo aclarar que esta propuesta, aunque deba dividirla en varias partes —no sé cuántas— es menos ambiciosa que la de M. Casado, pues no pretende abarcar toda la obra de AG, sino que se limita al libro Descripción de la mentira y —¿quién sabe?— tal vez después a su continuación natural, que es como veo yo a su siguiente poemario Lápidas.

(Cronología de títulos de Antonio Gamoneda)

La tierra y los labios (Primeros poemas, 1947-1953) / Sublevación inmóvil (1953-1959) / Exentos I (1959-1960 y 2003) / Blues castellano (1961-1966 y 2004) / Exentos II (Pasión de la mirada, 1963-1970) / Descripción de la mentira (1975-1976) / Lápidas (1977-1986) / Libro del frío (1986-1992) / Arden las pérdidas (1993) / Exentos III (1990) / Mudanzas (1961) / Nazim Hikmet (1961) / Negro espiritual (1961) / Edad (1987) / Plinio, Dioscórides y otros (1992) / Mallarmé, Herodías (1996) / Trakl (2003) / Esta luz (Poesía reunida 2004) / Extravío en la luz (2009).

Parte I - Consideraciones generales acerca de DM-1

(Se accede desde «Ir a Reflexiones anteriores», abajo en esta página)

Parte II - Consideraciones generales acerca de DM-2

No es mi objetivo hacer una biografía detallada del poeta, sino limitarme a situar apenas las atmósferas en la que nació y en las que transcurrieron las primeras etapas de su vida, más que nada por resaltar las precariedades familiares en sus primeros pasos y por coincidir con una época tan especial de la historia reciente de España: la efímera vida de la República de los años 30, el espanto de la guerra civil subsiguiente y el mundo mezquino y mentiroso de los años que siguieron. Citaré, pues, literalmente o casi, lo que indica Miguel Casado [MC] en el libro citado. «Al año de nacer murió su padre y, en 1934, su madre se trasladó con su hijo de 3 años a León. Las dos figuras atraviesan su poesía: el padre, también llamado Antonio y también poeta (publicó un único libro en 1919, Otra más alta vida, en la línea modernista), como la latencia silenciosa e intensa de un vacío; la madre, como presencia permanente del primer al último texto, núcleo esencial de los procesos afectivos y de conocimiento».

«En León, madre e hijo vivieron en el extrarradio obrero, en el límite permeable del mundo rural, en medio de dificultades económicas, testigos próximos de una sangrienta represión durante la guerra civil y la posguerra. En 1941 empieza Gamoneda a recibir instrucción gratuita en un colegio religioso, al que abandona en 1943. En 1945 entra como recadero en una oficina bancaria en la que siguió trabajando —en distintos puestos— durante 24 años. Mientras suele darse como rasgo característico de los poetas españoles de su edad una condición burguesa y universitaria, en su caso la condición obrera —no sólo en lo laboral sino también como conciencia— parece decisiva para su proceso de formación personal y literaria».

«Durante los años 50 y 60, un doble esfuerzo se añade a la vida laboral de AG, quien además se ha casado y tendrá luego tres hijas. Por una parte, una formación cultural y literaria autodidacta y una tarea intensa de escritura desde muy joven. Por otra, la militancia antifranquista asociada a un grupo de amigos que acabó disuelto por las «desapariciones» (suicidios, locura, envilecimiento). En alguna ocasión, el autor ha relacionado el silencio de escritura entre Blues y Descripción de la mentira (aproximadamente entre 1967 y 1975) con su entrega a las actividades de resistencia y esa dura etapa de erosión personal y desmoronamiento de valores».

«Colaboró, sin pertenecer a ellas, con las revistas leonesas Espadaña, integrada por poetas mayores que él, y Claraboya, promovida por otros más jóvenes. En 1969, empezó a trabajar en la Diputación Provincial, encargándose de poner en marcha sus servicios culturales; creó la colección Provincia, que dirigió en su época más brillante, e impulsó también una prestigiosa sala de exposiciones; pero, ocho años después, una sentencia judicial estableció que no podía desempeñar su función sin determinado título académico, lo que le obliga a abandonarla. Con posterioridad, fue gerente de la Fundación Sierra-Pampley, organismo nacido en el campo de energía de la Institución Libre de Enseñanza y consagrado a la educación de campesinos y obreros. Por lo demás, el proceso de recepción de su obra y los cambios ya comentado a partir de 1987, son parte también de su biografía».

Considero que no procede alargar más estos párrafos cuya pretensión se limitaba, siendo en lo posible breve y ligero, a colaborar en el acercamiento a AG y, especialmente, a su poema sobre la gran mentira que tanto se reiteró y prolongó en el paisaje español y el tiempo. Sin embargo, mucho me temo que no podré cerrar las transcripciones literales de MC, al que cada vez citaré, puesto que su gran calidad me vuelven dependiente y ¿a qué disimular o evitar ser guiado por ellas si no tengo otras mejores? Además, en vista de que la oferta de mi sitio web está, en todas sus partes, en las antípodas de cualquier forma de comercio, ¿no es bueno mostrar los horizontes de calidades ajenas, tanto en la exhubencia de un poeta como en la categoría de un crítico que en su campo también vuela? Me dejo arrastrar pues, al mejor estilo Wilde, por la tentación y, al igual que en la primera parte, ofreceré pinceladas del texto original de MC pero también párrafos transcritos tal cual, cuando considere que pueden ayudar como pauta o referencia, e insistiendo con algún que otro comentario mío; el caso es que no se me ocurre nada mejor que colaborar con MC en la divulgación de la obra de AG.

En los escritores de la verdad y con fuerte personalidad, probablemente sea imposible que la vida y la obra no se mezclen; y ese es el caso de Antonio Gamoneda [AG]. Si se siguen sus rastros a lo largo evolución vital se podrían ir colocando bajo los títulos de su obra y tendríamos un paralelismo aunque no siempre el orden cronológico sería el mismo. ¿Podría ser de otra manera?, me pregunto yo. ¿Es que existe algún poeta honesto, o simplemente algún poeta que pueda escabullirse de sus experiencias personales?, ¿existe algún poeta que se atreva a renunciar a sus vivencias más intensas, que ose retirarse de la verdad de sus cicatrices? Y, mientras, rebusco en MC y encuentro lo mismo: «lo biográfico atraviesa la obra de AG como corriente subterránea que sin cesar la nutre, crea estratos y tiende hilos entre sus poemas, opera como un extraño sistema de ecos y sugerencias, perturbaciones y luces. Y lo hace manteniendo activa la tensión fundamental entre autonomía del texto y referencia autobiográfica».

De esa tensión pueden derivar lazos como la insistencia en determinadas palabras —como ver— o en imágenes poco realistas. Así, en Descripción de la mentira (DM) leemos frases o versos como «Yo vi la luz de la inutilidad.» o «La realidad se ahuyenta en estos labios tan sólo expertos en formas invisibles.», ejemplos ambos que figuran en tramos finales del poema. Se me escapa, en cambio, la relación entre lo que el poeta pretende decir y lo que al cabo dice, y entre lo que el lector encuentra y lo que busca o desea encontrar. Y se me escapan más las implicaciones entre el poeta y el lector devoto o el lector recién llegado; quizá por eso se suele decir que un poema sabe más que su autor y que esa diferencia se puede interpretar como la parte que el poeta no controla.

Ampliaré el primer ejemplo: «Me alimentaba la fosforescencia. Tú creaste la mentira entre las piernas de mi madre; no existía el dolor y tú creaste la compasión. / Tú volvías a las hortensias / y sollozaste bajo la lente de los comisarios. / Yo vi la luz de la inutilidad

Y el segundo: «Temblor de cauces invertidos, gestos de rostros improbables: eso queda de nuestros actos. Antes pasaron días; había sangre en la serenidad / y los días eran espesos en mis párpados. / Una mujer dibuja descripciones (el resplandor está en la muerte; como el acero en largos filos, el resplandor está en la muerte): / la tierra hirviendo (aquel clamor sin ruido), y la sustancia encarcelada hirviendo. Una extracción de hombres hacia lugares fosforescentes, hacia los lavaderos comunales, bajo el milano del amanecer, / y, macerados en sus dientes, sacrificados en sus cálices, días bajo las aguas infectadas. / La realidad se ahuyenta en estos labios tan sólo expertos en formas invisibles. / Cesa el fermento de mi infancia: cesa el horror y su oquedad es grande.

Por su hermosura, no resisto la tentación de transcribir integramente un nuevo párrafo de MC: AG no desarrolla propiamente un relato, ni siquiera cuando anuncia que va a hacerlo; los hechos se fragmentan en sensaciones, en detalles aislados de su contexto, transportan ecos de tiempos anteriores. La mirada está sometida a un núcleo obsesivo que la absorbe, la dirige de forma centrípeta hacia lo que el poeta llama interiorización. Sólo cuentan los sucesos interiorizados —escasos, hirientes— y éstos ofrecen su terca recurrencia, sus metamorfosis, su permanecer. Las esquirlas se diseminan a través de los libros y, al término, indagar en la memoria del poeta se hace indistinto de releer su obra... Se trata de una dinámica minimalista y reiterativa, significativamente concentrada, que quizá no advierta quien lee algunos poemas o un libro, pero que se impone en la lectura conjunta de la obra.

En las entrevistas a o en conversaciones con los poetas suele aparecer, recurrente y a instancias del entrevistador, el cansino argumento acerca de la escritura de poemas versus libro. Puedo admitir ya, después de bastantes reiteraciones, que pueda haber poetas que tienden a escribir poemas sueltos, o que prefieren decir que escriben poemas sueltos, o que no pretenden sino escribir poemas sueltos —tres cosas bien diferentes—; puedo admitirlo ya, pero no creo que pueda comprenderlo, porque me suena imposible prescindir de la propia vida, de la memoria o equipaje contundente e indestructible, como queramos llamarle, porque desde la neutralidad o tamaña desnudez no quedaría nada de uno, no se podría escribir. Puedo comprender, sí, que exista distancia entre la estrategia y el resultado, incluso que un poeta prescinda de la estrategia, pero no puedo comprender que no le salga; incluso, en un caso extremo al margen de la consciencia, a su pesar. La interpretación de MC acerca de Gamoneda, con la que coincido plenamente, me conforta y coloca delante de mis narices, quizá, una de los más decisivas razones de mi interés por este autor. Digo, conscientemente, una de las razones, porque no puedo dejar de lado ni su estética ni sus significados parciales; leyendo a AG uno va de sorpresa en sorpresa permanentemente. Cada frase o verso es una obra maestra dentro de una gran obra maestra —y así contemplo el caso de DM, aunque también lo abro para los demás libros de madurez (Libro del frío, Arden las pérdidas, etc.). Ahora siento la necesidad de citar el poema que inicia DM:

El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición. / El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido, / y no acepté otro valor que la imposibilidad. /.../ Vienen rostros sin proyectar sombra ni hacer crujir la sencillez del aire; / sin osamenta ni tránsito, como si consistieran únicamente en el contenido de mis ojos, en la unidad de mis palabras, en el espesor de mis oídos. / Son obedientes y yo siento su reunión como una salud que se refugia en la oscuridad. / Es una amistad dentro de mí mismo; / es un estambre urdido por manos que son suaves en el interior de los días.

[MC] Cuando en Blues castellano se reconstruye una conversación con la madre y se dice: «eres silencioso como la ropa / del que no está con nosotros», se anticipa un eco al final de Descripción de la mentira: «en tu chaqueta abandonada y entreabierta, es decir, en una forma que describe tu desaparición», y se aprecia —aun referida quizá la imagen al propio sujeto que se desdobla— el mismo tipo de energía, la emitida por una ausencia... Cuando encontramos, en Libro del frío, a una figura llamada «el vigilante de la nieve», enseguida recordamos la larga secuencia de DM en que el poeta dialoga con él, uno ya de los desaparecidos. Todo ello puede leerse ignorando la biografía del poeta; pero, después, una vez leído, es imposible seguir sin saber: su evocación se ha convertido en médula de la lectura... No extraña que uno de los últimos textos de Arden las pérdidas, exclame, a modo de balance: «Ésta es mi relación, ésta es mi obra»: la identificación entre ambos términos se va haciendo total... la escritura es la vida.

[XL] Así ilustra MC su argumento anterior acerca de la consistencia nuclear en AG, y no ya de un libro, sino de todo su corpus poético. Otro ejemplo lo encontramos en el poema Arden las pérdidas de su libro del mismo título: «ARDEN las pérdidas. Ya ardían / en la cabeza de mi madre. Antes / ardió la verdad y ardió también mi pensamiento. Ahora / mi pasión es la indiferencia. // Escucho / en la madera dientes invisibles». Es asimismo un anuncio de estos dos versos de la parte Preludio de su libro Mallarmé, Herodías: «Triste flor que crece sola y no tiene otra pasión / que su sombra vista en el agua con indiferencia.», idea que a su vez había sido sugerida en DM, en una estrofa que comienza con esta frase: «La indiferencia está en mi alma. Es la vejez de la misericordia. / Ésta es la hora más antigua y mi corazón resbala hacia la astucia. / Aún mis dedos son ágiles en las úlceras y alcanzan rostros protegidos por el desprecio / pero mi lucidez está ofrecida a la muerte...». Para Gamoneda pareciera como una obsesión dolorosa ese vínculo con la palabra indiferencia, que cose unos poemas con otros, unos libros con otros. Pero veamos ahora otras claves de la obra de AG que también recoge MC.

[MC] Aunque la evolución del poeta dejará atrás el componente neoplatónico, su perspectiva se ha mantenido siempre: «La experiencia de la emisión de la poesía intensifica mi vida y yo vivo esta intensificación como una forma de placer. Esta intensificación y este placer son independientes de la significación: la poesía fundamentada en el sufrimiento genera también placer». Así, una poética cuyo núcleo central y obsesivo será la muerte surge movida por un impulso de raíz estética.

[XL] Sí, pienso que sí, que así como la indiferencia «Es la vejez de la misericordia.», la muerte es la vejez de la indiferencia. Y así como en el lenguaje poético no se pueden separar las palabras indiferencia y muerte, o amor y dolor, tampoco se pueden separar las palabras forma y función, o belleza y significado; tal vez por eso, el debate estético figura ya desde la obra de juventud de AG. Por ejemplo, en el libro Sublevación inmóvil aparecen estos versos: «Yo quería / despedir un sonido de alegría; / quizá sueno a materia desollada. / Me justifico en el dolor.»; y la misma doble raíz figura en Pasión de la mirada: «Habla / como un mirlo esparcido y todo el bosque / abre sus frutos y los manantiales / manan lentos en mí. Pero llorando». Y se mantiene más tarde, en el libro DM que traemos entre manos, mentando a la música: «Ahora un rostro sonríe y su sonrisa se deposita sobre mis labios, / y la advertencia de su música explica todas las pérdidas y me acompaña», y en «Los insectos se fecundaban sin cesar y la serenidad los poseía. Pero aquel tiempo no existió: sucedió en la inmovilidad como la música antes de su división», o en «… no es más feliz que su propia música destinada al invierno».

[MC] Para Gamoneda belleza y muerte aparecen juntas y su unidad justifica la escritura. Este criterio va a permitir que surjan, a través de la experiencia de la enfermedad y la vejez, en una obsesiva espera que sólo parece proyectarse hacia la muerte, poemas como éste del Libro del frío: «Entra en tu cuerpo y tu cansancio se llena de pétalos. Laten en ti bestias felices: música al borde del abismo. / Es la agonía y la serenidad. Aún sientes como un perfume la existencia.»; poco a poco cristalizará, así, un nuevo modo de definir la síntesis de contrarios: placer sin esperanza.

[XL] Aporías y oxímoros, encontronazos y contrastes, en suma, son permanencia en la obra de AG, como es usual en la poesía, pero en Gamoneda más y con enorme potencia; tal vez con él he aprendido que no se trata tanto de rebuscar palabras sino de incendiar sus mezclas. No me saldré de DM para poner tres ejemplos magníficos de la belleza que sale del choque entre vocablos o ideas. Éste: «Nadie tenía razón ni esperanza, ¿qué podíamos hacer?»; y éste: «Nuestro honor consiste en no tener razón, / mi paz en avergonzarme de la esperanza.»; y éste aún, deslumbrante: «Otros os engañáis con la esperanza.» del deslumbrante poema:

Las preguntas no existen en el idioma de la ocultación:
todo está dirimido.

Es perverso el idioma pero es enjundia de mi cuerpo.

Otros os engañáis con la esperanza.

En ciertos casos, mis palabras podrían atravesar tus labios,
entrar despacio en tu existencia; no lo dicen sino las palabras
mismas, su exhalación caliente como el amor.

Estoy hablando de la expresión, no de los gritos con que
ocultáis la desnudez. Bajo los soportales estallan signos de impudicia:
ámame, decís al transeunte, ámame antes de la muerte.
Y os entendéis en esta usura.

De otra manera, en otra lengua, yo te respiro sin encontrarte.
Eres incierta y ésta es tu plenitud.

FIN de la Parte II

Xoán A. Leiceaga Baltar, Noviembre de 2011