Xoán Leiceaga Baltar

POESÍA

Reflexión

Esta sección se me ocurrió para poder disponer de un espacio complementario a OBRA y CALA pero más flexible — abierto a los lectores, p.ej.—, aunque siempre orientado a «la Poesía y lo poético», y, más en concreto, a aspectos como su sentido, la valoración de su calidad, las aproximaciones a poetas y poemas y a un amplio continuo de buenas ideas (entrevistas, ensayos sobre las diferentes manifestaciones artísticas, etc.). Se debe entender que, naturalmente, los conceptos de poesía y poeta son para mí hermanos de la magia del arte y el artista y por ello tienen cómoda acogida en REFLEXIÓN.

[Ver más en VIDA y SAL / SALudo]

Reflexión 1

Abecedario de escritores – Letra V

  1. Valdés Díaz-Vélez, Jorge (Torreón, Coabulla, México, 1955)
    (Poeta / 'Mapa mudo'): 1) Tal vez solo se trate / de encañonar la pena y el dolor del milagro / al que llamamos vida. 2) ... la música de un pájaro / perdido, aquí en el pecho.
  2. Valente, José Ángel (Ourense, Galiza, 1929–2002)
    (Poeta): 1) El problema de los malos poetas es que las palabras tienen significado. 2) Uno empieza a ser escritor cuando tiene una relación carnal con las palabras. 3) No se trata de que la obra sea breve o larga, ni escribir poco o mucho. Importa tener la gracia o el don de la abundancia justa. 4) ('Fragmentos de un libro futuro') Cima del canto. / El ruiseñor y tú / ya sois lo mismo.
  3. Valero Marí, Vicente (Ibiza, 1963)
    (Poeta): 1) ... mi alma y estas nubes que pasan / son iguales.
  4. Valéry, Paul (Sète, Francia 1871-1945)
    (Poeta): 1) Toda corrección es una empresa secreta de cambio de uno mismo. 2) Un poema nunca se termina, simplemente se abandona. 3) Lo que no es extraño es invisible.
  5. Valle-Inclán, Ramón Mª del (Vilanova de Arousa, Galiza, 1869-1935)
    (Dramaturgo): 1) (Cara de Plata cuando, viendo en la noche, un coro de extraños seres avanzando con hachones): ¿Sois almas en pena o hijos de puta?. 2) ( 'Romance de lobos'): ... renovar lo que de galaico tiene la leyenda de Don Juan, que yo divido en tres tiempos: impiedad, matonería y mujeres. Éste de las mujeres es el Don Juan último, el sevillano, la nostalgia del moro sin harén. El matón es el extremeño, gallo de frontera. El impío es el gallego, el originario. El convidado de piedra, por sólo ser bulto de piedra, es gallego.
  6. Vallejo, César (Santiago de Chuco, Perú, 1892-1938)
    (Poeta): 1) ('Intensidad y altura') Quiero escribir, pero me sale espuma / Quiero decir muchísimo y me atollo. 2) ('Epístola a los transeuntes') ... éste es mi brazo / que por su cuenta rehusó ser ala, / éstas son mis sagradas escrituras.... 3) Importa oler a loco postulando / qué cálida es la nieve, que fugaz la tortuga, / el cómo qué sencillo, qué fulminante el cuándo.
  7. Vallejo, Fernando (Medellín, Colombia, 1942)
    (Poeta): 1) De niño uno no entiende las cosas. Algunas cositas las empecé a ver a los 40 años. Veo claro muy poquitas, pero con una claridad inmensa. 2) El desastre total que es la vida humana sobre el planeta.
  8. Vallejo, Xavier (México DF, 1959)
    (Escritor): 1) La literatura mexicana ha sido una iglesia solemne e insoportable, frecuentada por biempensantes, autores políticamente correctos, más bien cobardes, arrimados a la conveniencia. Maldita sea, a mí me gustaría encontrar más escritores que estuvieran en donde no les conviene.
  9. Vásconez, Javier (Quito, Perú, 1946)
    (Escritor): 1) Yo entiendo que el poeta y el asesino aspiran a la perfección; tal como lo entendió Rimbaud. Siempre me ha llamado la atención la exactitud con que actúan los asesinos. El asesino y el poeta viven los extremos.
  10. Vasconcelos Calderón, José de (Oaxaca, México, 1882-1959)
    (Escritor y político): 1) La esclavitud comienza cuando se abandona el alma a lengua extraña.

REFLEXIÓN 2

DESCRIPCIÓN de la MENTIRA

Antonio Gamoneda

El ÓXIDO se posó en mi lengua como el sabor
de una desaparición.

Antonio Gamoneda (Oviedo, España, 1931)

Reflexión sobre el libro
"Descripción de la mentira"
(1975-76 y 2003)

Xoán A. Leiceaga Baltar

Para esta reflexión, sólo en parte mía, parto de varias peanas, dos de ellas primordiales, pues me apoyo en primer lugar en el libro reunido ESTA LUZ de A. Gamoneda, publicado por Galaxia Gutenberg (Círculo de Lectores, Barcelona 2004) y, por otro, en enorme medida, en el magnífico Epílogo escrito por el académico y especialista Miguel Casado para toda la obra ya publicada entonces del autor y que recoge precisamente en Esta luz. La tercera, menos importante, deriva de mis propias lecturas de la recopilación desde que en 2006 tuve la fortuna de adquirirlo. Naturalmente, el resultado de las lecturas (así, en plural y reposadas) fue la inevitable lista de notas que me suelen acompañar cuando un texto subleva los cabellos que ya no tengo y cuyo producto es, en la parte que me toca, la propia reflexión acompañada por el agradecimiento a tanta belleza disfrutada. Hago votos porque la admiración que suscita en mí el nombre del autor no afecte exageradamente a lo que yo pueda paso a paso expresar. Mi intención, que es doble, está en las antípodas de lo comercial y va más allá de rellenar mi sitio web con poesía del más alto nivel (¿lo hay más alto?), pues me contentaría simplemente con ayudar a extender el conocimiento de este poeta excepcional a un planeta mayor que el de aquellos que habitualmente ya lo releemos, tanto geográfica como socialmente. Y con todo ello viaja, naturalmente, mi admiración y el modesto homenaje.

En cualquier caso, debo aclarar que esta propuesta, aunque deba dividirla en varias partes —no sé cuántas— es menos ambiciosa que la de M. Casado, pues no pretende abarcar toda la obra de AG, sino que se limita al libro Descripción de la mentira y —¿quién sabe?— tal vez después a su continuación natural, que es como veo yo a su siguiente poemario Lápidas.

(Cronología de títulos de Antonio Gamoneda)

La tierra y los labios (Primeros poemas, 1947-1953) / Sublevación inmóvil (1953-1959) / Exentos I (1959-1960 y 2003) / Blues castellano (1961-1966 y 2004) / Exentos II (Pasión de la mirada, 1963-1970) / Descripción de la mentira (1975-1976) / Lápidas (1977-1986) / Libro del frío (1986-1992) / Arden las pérdidas (1993) / Exentos III (1990) / Mudanzas (1961) / Nazim Hikmet (1961) / Negro espiritual (1961) / Edad (1987) / Plinio, Dioscórides y otros (1992) / Mallarmé, Herodías (1996) / Trakl (2003) / Esta luz (Poesía reunida 2004) / Extravío en la luz (2009).

Partes I a V - Consideraciones generales DM-1, 2, 3 y Lectura DM-1, 2

(Se accede a ellas desde «Ir a Reflexiones anteriores», abajo en esta página)

Parte VI - Lectura DM-3

[XL: Del cobijo en la madre] Cuanto más hallamos padecido, antes nos llegará la desaparición de la inexperiencia y entraremos en el mundo terrible de las responsabilidades, encontraremos la fábrica de la esterilización y tendremos que decir sí o no, sentiremos cómo nos empuja la higiene o la suciedad, la vida o la ruina, la luz o la oscuridad, cómo nos agobia una imposible transacción para lograr la flexibilidad del pasado. Observamos cómo negaron más de tres veces aquellos a quién teníamos por poseedores de la virtud, chocaremos contra quienes nos habían acariciado o habíamos acariciado, seremos arrinconados por la denuncia y las llagas de sus consecuencias, incluso la muerte; veremos el horror de las madres que insisten en parir y cómo desaparecen los lugares habitables del país en forma de pantanos y cómo el generoso es arrojado al exilio:

La juventud me ha abandonado en esta delación.

Ahora, cuando existe una industria que cicatriza todas las ofensas y aquellas
fístulas cuyo color alcanza al de las flores que fueron deseadas;

ahora, cuando sucedo a mi sacrificio y su hermosura está detrás de mí,

vivo en un día digno de ser vivido. Pero sabido es que el animal más veloz
no alcanza a descansar debajo de su sombra.

Está bien, juventud, ¿por qué voy a olvidarte inútilmente?

Voy a pactar con tu desaparición y tú me serás dócil como manteca puesta
sobre la garganta.

Éste es el único día digno de ser vivido ya que todos los otros fueron días
de negación.

Los sacerdotes hicieron negación y los comerciantes y los hombres de honor
hicieron negación;

y hubo negación en los niños y en los que resistían la tortura por causas
justas y en los que estaban poseídos por la amistad;

y los muslos que yo conocí con mi lengua se cerraron y los pezones que
estuvieron en mis labios se endurecieron como sílice.

Hubo un tiempo habitado por madres y por iluminaciones pero después
sucedieron días en que los cuerpos se buscaban y cada cuerpo acudía
con su fuerza y entonces hubo delación y algunos murieron y otros
retrocedieron hasta sus madres

y las madres estaban ciegas en sus vientres

y no existía lugar en aquel país

y cada hombre lloró en esta enseñanza y abandonó la ciudad y no se supo
de él durante mucho tiempo.

[MC] En el conflicto coinciden orgullo y remordimiento, la sensación de alivio y la de acoso, la ternura en el recuerdo de los desaparecidos y la hiriente intuición de sus reproches. Todo en el pasado reciente se cifra en daño. Más que identidad, lo que aflora es una enfermedad existencial, que sólo en un perderse a sí mismo del todo tendría paliativo. Se accede, así, a uno de los nudos más complejos: la retracción es el olvido de todo, un no querer saber nada, lo que heideggerianamente se llamaría «la caída en el uno»; pero, cada vez que se alude al movimiento de la retracción —como ya se anticipaba en Blues—, este movimiento se transforma en regresión: retracción significa también refugiarse en la madre: «Y entonces hubo delación y algunos murieron y otros retrocedieron hasta sus madres», «mi hábito es la retracción, la retirada a una especie maternal». Refugiarse en lo materno, revivir la infancia, invocar el espacio de la memoria. El olvido es la memoria, ya se dijo, y en ésta la espoleta de todos los conflictos se mantiene activada.

[XL: Del vacío fundador] En medio de la profunda tristeza imparable a la que conduce el horror, en medio de ese lupanar donde se cuecen las traiciones y la desolación, ahí se intoxican incluso los pechos que dan de mamar y crecen desde ahí las hostilidades sobre los cuerpos nacidos y se extiende sobre los no nacidos, desde su origen hasta que la gelidez se vuelve a hacer su dueña. Entonces, el espanto se hace fuerte en la memoria cuando ésta retorna a aquellos momentos podridos pero en los que vuelve inevitable negociar, por ejemplo para poder enterrar con cierta dignidad a los muertos y, ahí, antes de regresar al trabajo en el que se lucha por las monedas envenenadas, aún así, uno llega a encontrar ante las tumbas restos inauditos de amor. Frecuentemente regresa uno a refugiarse en el vientre sagrado, hasta que el terror ya lo exige la salida; entonces uno comprende definitivamente que el terror era invencible es ese país, el único de uno, y la traición era su abono y la mentira quemaba las bocas para siempre.

Puse la enemistad como un lienzo sobre tus pechos que eran olorosos
hasta enloquecer en sus círculos amoratados.

Puse la enemistad en tus cabellos oscurecidos por la persecución

y la enemistad se extendió también sobre mi juventud.

Resistí hasta que las visiones desaparecieron más allá de la nieve que
entonces existía

y después retrocedí a mis legumbres y a las miradas en que yo soy
reconocido.

No fue para consolarme aunque acepté monedas quizá más negras que
las que existen en tu corazón,

sino para concertar sobre asuntos irremediables.

Es extraño deducir aún amor en humedales tan ocultos, en agujeros tan
equívocos que hasta los mendigos orinan sobre cualquier sospecha
de fructificación.

Yo penetré en tus huesos. Más allá de mi fuerza, más allá de la posibilidad,

retumbé en tu vientre: tantos días en ti hasta que tuve miedo;

tantas horas en ti hasta que tuve miedo;

tantos días en ti hasta que comprendí que el miedo era el alimento de mi
patria,

el conductor de mi espíritu hacia una vejez en que la traición es utilizada como
estiércol y la mentira trabajada hasta que hierve dentro de la boca.

[MC] La memoria, sin embargo, está sólo empezando a abrirse, no es aún territorio de conocimiento, sino de penumbras y pulsiones. Se insinúan en ella tiempos de extraña anterioridad, fantasías fetales de ambigua resonancia erótica («retumbé en tu vientre: tantos días en ti hasta que tuve miedo...»), la inconsciente necesidad de alcanzar un tiempo anterior al origen, tal vez porque allí late el vacío fundador, y, sobre todo, la confusión entre las épocas, la dificultad para deslindar lo pasado de lo actual: «Las hortensias extendidas en otro tiempo decoran la estancia».

[XL: Del sexo y la naturaleza] El recurso eran los prados lejanos, la huida hacia esa yerba, la ocultación en medio de ese silencio, en medio del coro de mosquitos incansables, en medio de esos bocados arrancados a la felicidad. Vigiladme la yerba, decían, y uno escuchaba buscando otro paso de distancia para aquel descanso, que era no tanto de cansancio laboral como de la persecución. Tal vez los prados suponen la única luz del permanente vigilado. Pero la aparición del verdugo flotaba siempre desde la lejanía, como una especie de muerte lenta, de inquietud en la tranquilidad, tan negra como blanca era la droga de en la fugacidad de la satisfacción. El agriado postre era el recuerdo de la doblez, de aquellos del sí y no, de los traidores que disimulaban el homicidio de su dignidad. Ante la vista de las bandejas desprovistas, regresaré al prado a escuchar la música de los insectos y alimentemos el pálpito de la sangre antes de que el corazón fibrile otra vez.

La yerba como un silencio. La yerba atravesada por los insectos tercos en la
felicidad.

Este descanso que no cesa bajo las páginas soleadas... Vigilad esa yerba.

Esta es la luz acumulada por difuntos y códices atribuidos al incesto,
a las historias con animales fugitivos.

Todo es mortal en la serenidad; hay un país para el desengañado y su
visión es tan blanca como la droga de la eternidad.

Tú, en la despensa de los híbridos, abres el libro de la envidia, lees cantos
eléctricos aprendidos de tus hermanos, eres azul en la indignidad.

Mi porvenir se aloja en el arrepentimiento. Ante tus jícaras vacías mi
porvenir es partidario de los insectos.

Y el corazón pesa en obras agotadas.

[MC] Algunos enunciados de esta memoria contigua al deseo y la fantasía configuran un tipo de ensoñación que resulta fértil... una imagen que incluso se reconoce irreal («aquel tiempo no existió») y que pinta un locus amoenus [lugar placentero] recurrente en AG: «hierba muy alta y dulce, siesta en la densidad: aquella miel sobre los párpados. / Era la exudación y penetraba el tiempo. Los insectos se fecundaban sin cesar y la serenidad nos poseía»: descanso en la pradera, viscosidad de la vida, proliferación sexual de la naturaleza, dulzura. Este cuadro, descrito al principio del libro, reaparece en una de las últimas secuencias: «La yerba como un silencio. La yerba atravesada por los insectos tercos en la felicidad»; así, esa escena placentera, el contacto con la hierba, el abandono físico, sin formalidades ni exigencias sociales o morales, accede a lo existencial con esa palabra: felicidad, palabra del deseo, que implica valoración. En el transcurso de la secuencia, ésta va a realizarse: «Mi porvenir se aloja en el arrepentimiento. Ante sus jícaras vacías mi porvenir es partidario de los insectos».

[XL: Del callejón sin salida] Surgimos de la oscura verdad, nos envuelven en los pañales de la mentira hasta que un buen día regresamos a la noche; estuvimos tan bien envueltos que confundimos la mentira con la verdad desaparecida; no, no sé nada de la mentira «bajo la costra del hastío». Sé, sin embargo que un día mis uñas descansarán, abrasadas inútilmente. Sólo una noche existirá la verdad, que para las máscaras será apariencia, y después la sombra que nos ampara a todos de más mentiras, de los recuerdos resistentes al oficio de la mentira y a la propia autocensura de lo exhausto: y la nuca taladrada por una puntilla visible.

¿Qué sabes tú de la mentira? Bajo la costra del hastío, en la urticaria
del cobarde, un metal distinguido, un racimo de uñas abrasadas
profundiza en la muerte. Es la pasión de la inutilidad;

es la alegría de las máscaras reunidas en el estudio de la yerba,

verdes y codiciables en los estuarios de la sombra,

única especie codiciada, única y resistente a la pericia del recuerdo,
a la censura de los hombres cansados; fresca como un grito
de alondra bajo las aguas.

Ah la mentira en el corazón vaciado por un cuchillo invisible.

[MC] El desarrollo del poema, sin embargo, no consiente en estabilizar estos momentos de evasión, de tregua en el conflicto. Con el hilo todavía de la misma imagen se hilvana otro giro: «es la alegría de las máscaras reunidas en el estudio de la yerba, verdes y codiciables en los estuarios de la sombra». Persisten la hierba y la sombra, la alegría, el placer; pero es ahora carnaval, es el disfraz el que aparenta dicha. En el terreno de la conducta, esas máscaras son la «única especie codiciada, única y resistente a la pericia del recuerdo...». El proceso es muy característico de la poesía de AG: una imagen de la memoria se convierte en ensoñación y ésta genera un punto de fuga, una defensa frente a la memoria. Cada salida que se va vislumbrando es resituada por el poema en un callejón sin salida.

[XL: De la aceptación del horror] Yo también me destiné a hablar en el otoño, las otras estaciones no son para exponer en público las vergüenzas de cada uno. En el otoño es cuando ya sabes pero todavía te queda lo suficiente, es cuando te preguntas y respondes. Y yo me pregunto: ¿qué haría yo si mi memoria estuviera llena de memoria?, ¿qué haría en un país al que quisiera llegar pero él me recibiera con venganza?; ¿con qué taparía la inocencia de mi cara, con qué mis pecados, con qué mis horrores? ¿Sería yo capaz, como el poeta, de acudir con mi vergüenza? He visto cuerpos erguidos después de los golpes y he visto como pesa la podredumbre de las leyes de los impuros y las interpretaciones traidoras, he visto el comercio indigno en los espacios dominados por trapos y protegidos por pistolas, he visto la honestidad y el pensamiento eternamente escondidos en el fondo de la tierra, he visto de frente la traición: ¿qué haría yo si mi memoria estuviera llena de memoria?, ¿qué haría yo si los horrores fueran transparentes?

El otoño se expresa en pájaros invisibles. ¿Qué harías tú si tu memoria
estuviera llena de olvido, qué harías tú en un país al que no
querías llegar?

Pesan las máscaras de la pureza, pesan los paños sobre las formas de
la patria.

La vergüenza es la paz. Yo acudiré con mi vergüenza.

Pasan los cuerpos hacia la tortura y otros son ágiles en las posturas del
amor,pero la sabiduría aumenta en cálices más profundos.

¿Qué harías tú si tu memoria estuviera llena de olvido? Todas las cosas son
transparentes: cesan las escrituras y cae lluvia dentro de los ojos.

[MC] En los distintos estratos y niveles se repiten cursos similares. Así, la aplicación práctica de la necesidad de evasión o disimulo genera la idea de pacto: pacto con la propia juventud perdida, pacto con lo irremediable (como la muerte) para evitar sufrimiento; la imagen de las máscaras vuelve, aunque con una aguda variación tonal: «En esta humedad viven máscaras diminutas, máscaras relucientes como la dentadura del murciélago, y su horror es aceptado...»: desde el punto de vista pragmático de quien habla, el horror es aceptado si sirve para atenuar o ahuyentar otros horrores, para generar la paz; el mito vampírico, que ya sobrevolaba los muertos sin enterrar y los supervivientes sin vida, se haría explícito aquí.

[XL: De la liquidez] Desde el origen los objetos y las almas tienen su nombre coherente con ellos mismos, pero la cobardía los cambia, necesita cambiarlos para sobrevivir con a cuestas su variedad cobarde de la dignidad; pero su corazón ya es más indigno que los corazones abrasados por él. Todo se vuelve cieno alrededor de un corazón abrasado, todo vertedero hasta donde alcanza la visión, todo está podrido hasta el horizonte y alrededor todo son espacios de espesísimo humo que penetra incluso en los alimentos. Ese pantano amenazante es como un sabueso de raza tras los acosados, que ya no pueden tener otra memoria que la de sus llagas incurables, cuyos párpados está atados por la mentira que los envuelve y cuya boca recela de los murmullos de su propia respiración. ¿Quién se atreve aún a acariciar al corazón abrasado?

¿Quién habla aún al corazón abrasado cuando la cobardía ha puesto
nombre a todas las cosas?

En los estercoleros interpuestos entre mi espíritu y la ciudad, en los
espacios de la confusión, y más allá, en las cocinas aceitadas
por la tristeza,

habla un ser perseguido, habla sobre las úlceras inmóviles. Su alma ve
en la falsedad, sus labios pesan en las pausas ilícitas.

¿Quién habla aún al corazón abrasado?

[MC] Ninguna de estas propuestas, por firmes que parezcan, se consolida, por tanto, y el momento siguiente introduce una fisura, prevé el giro en que continúa la espiral. Una y otra vez el poema nos devuelve al panorama de residuos y se hace la misma pregunta en inacabables formas: «¿Quién habla aún al corazón abrasado cuando la cobardía ha puesto nombre a todas las cosas?». Las tensiones parecen llevar a una escisión, a un desdoblamiento íntimo; pero su incesante proseguir más bien indica una conducta obsesiva, una enorme carga de angustia en la repetición. El problema de la identidad se coloca, a través de esta fórmula, en un primer plano de la poesía de AG, y el autoanálisis aparece como el objetivo más constante de Descripción de la mentira.

[XL: De la infelicidad existencial] He llegado al fondo del inmenso pozo, me he dado cuenta de que sí, de que jugamos a que existimos y de que ese juego supone el asesinato de los espíritus inevitablemente ingenuos: y lo veríamos todos los días si quisiéramos penetrar en los medios de comunicación, pero no en lo que parece que dicen sino en lo que comunican. Leamos, pero leamos bien, leamos en el mar de los versículos epicúreos y de las razones para la destrucción permanente. Leamos el tomo hinchado de las certezas. Leamos lo que nos adelanta del siguiente invierno, y del siguiente, después de los placeres repetidos con que nos presiona antes de cada verano. Repasemos el cansancio dulce de mamá cuando nos parió. Vayamos una vez más, y siempre otra, al terrible frío de las láminas de vidrio y sumerjámonos en los versos imperfectos, oxidados, de la melancolía. Leamos ahora en las fauces de los hombres que matan con la bilis que acumularon con usura a lo largo de sus impotencias. Y no entremos nunca más en esas capillas que nos regalan pero atufan.

La naturaleza de los cuerpos es fingir la existencia y este conocimiento
es el fin de un espíritu rodeado por gallinas ávidas.

Lee en las láminas de vidrio: los argumentos del placer y los capítulos
de la destrucción atravesados por una sola mirada. ¿Quién habla
en esta transparencia?

Sólo es legible el libro de lo incierto.

El afilador que posee en sus cánulas una sola nota, clara como una
serpiente, creadora de la niñez en un espacio de hombres vigilados,
no es más feliz que su propia música destinada al invierno.

Así era el rostro de tu madre.

Nuestra pasión es trivial: una enseñanza atribuida a pájaros sobre la nieve,
a los volúmenes cuya visión es la forma más perfecta de la tristeza.

Y la convicción crece únicamente en el paladar de hombres aptos para
la administración de la muerte, hombres cuyas azumbres están
llenas de líquido más decisivos que el dolor.

Mas, los incrédulos, desposeídos de conducta, ¿qué iglesia luce en
nuestros gemidos?

[MC] La mentira no es lo que se opone a aquella caduca verdad de la lucha política. La mentira es existencial: «la naturaleza de los cuerpos es fingir la existencia». Fingen, mienten con sus máscaras, pero por naturaleza; y no los hombres, sino todos «los cuerpos»: ni siquiera los insectos serían «felices», apenas máquinas biológicas frenéticamente obsesivas también. La muerte, que ha estado siempre en el fondo, como un marco activo en el autoanálisis (en el diálogo, en el manar de la memoria, en la acusación, en la regresión a la remota infancia), corona el razonamiento con su carácter de negación absoluta: «Profundidad de la mentira: todos mis actos en el espejo de la muerte». Un existencialismo nihilista arraiga en la lucidez de la falta de sentido: el callejón sin salida de la intimidad se hace categoría de pensamiento.

[XL: De la inexistencia] Uno siempre está en la etapa de rebuscar debajo de las alfombras, detrás de las máscaras, bajo las faldas de los disfraces; uno siempre está tratando de ver cuál es el engaño que oculta cada una de las irradiaciones con que nos bañan, renovadas y más espesas cada día. El agotamiento, a veces, nos hace volver al jardín doméstico y enjuagar los ojos recordando los interrogatorios, temiendo nuevos acosos. De pronto se enciende una luz aguda que nos indica que no sirve de nada matar al mensajero. De pronto se enciende un fuego en la boca que impide volver a rezar como en un tiempo, para pasar desapercibido en la multitud. De pronto deja de preocuparte que la infamia sea imparable. De pronto no te importa que nadie coincida en tu laberinto, que nadie coincida en tu dolor, que te margines absolutamente de todas las religiones. Sientes oraciones que ya no atiendes, aullidos que ya no te penetran, pero todavía no consigues aislarte de una yerba está siendo regada con agua envenenada.

Me alimentaba la fosforescencia. Tú creaste la mentira entre las piernas
de mi madre; no existía el dolor y tú creaste la compasión.

Tú volvías a las hortensias

y sollozaste bajo la lente de los comisarios.

Yo vi la luz de la inutilidad.

Mi boca es fría en las plegarias. Este relato incomprensible es lo que queda
de nosotros. La traición prospera en corazones inviolables.

Profundidad de la mentira: todos mis actos en el espejo de la muerte.
Y los carbones resplandecen sobre la piel de héroes aún
n el umbral de la imbecilidad.

Y ese alarido entre cristales, esas heridas que no son visibles más que
en el instante del amor...

¿Qué hora es ésta, qué yerba crece en nuestra juventud?

[MC] Es conocido el peso que, en las últimas secuencias de este libro, adquiere la perplejidad«esta perplejidad es la conciencia»: no se trata, en sentido estricto, tanto de un no saber, como de un saber demasiado. Nombra el desconcierto provocado por el conocimiento a que se ha accedido. La contradicción definitiva se establece entre la consistencia, ajena e implacable, de la realidad y el doloroso sentir de la inexistencia personal, lo fantasmal de la vida concreta. Las figura míticas que atraviesan las páginas finales —el vendedor de higos, el pastor el alimento azul...— apoyan la asociación directa entre mito y perplejidad, desvelan el espeso interior sonámbulo de un poema que nunca parece salir de su estado de duermevela: «Una rama de espino ha penetrado en mi corazón y sin embargo me he despertado de este sueño».

FIN de la Parte VI

Xoán A. Leiceaga Baltar, Marzo de 2012